“Quiéreme cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite”

R. L. Stevenson

Pensaba yo, ingenua de mi, que habíamos pasado las rabietas discretamente; cuando, de repente, mi hijo comienza el cole y…. bum! Rabieta diaria…el cansancio, los celos hacia su hermana pequeña, un nuevo contexto al que adaptarse, etc. han sido la clave.

Resulta que las rabietas se suelen manifestar entre los 18 meses y los 4 años. Época en la que el niño desarrolla su propia identidad, su “yo”, se niega a hacer cosas que no quiere o, al contrario, intenta imponer su criterio.

Pues bien, para consolarnos un poco, os informo de que las rabietas son totalmente necesarias. La forma en que las gestionemos y las superemos es esencial para la construcción de su personalidad y autonomía. Es el momento de que acepten la frustración y sigan adelante.

Para empezar, quería aclarar que las mal llamadas rabietas, realmente son desbordes emocionales. Nuestros hij@s están aprendiendo aún a identificar sus emociones y por tanto, no son capaces de gestionarlas en determinadas situaciones o momentos. Pierden el control.

De ahí, que en alguna ocasión parece que “explotan”. Yo, personalmente, siento como si se le hubiera “desconectado un cable”, no responde a razones, está dentro de su propia espiral emocional y no sabe cómo salir. Pobres ¿no? Como padres tenemos que intentar ayudarles como buenamente podamos.

Os doy algunas pistas que he ido recopilando e intentando poner en práctica. Porque, por supuesto, no siempre es fácil, ni todas las estrategias sirven con todos los niños ni en todas las situaciones.

1. Anticipa.

Prevé posibles situaciones que puedan desencadenar una rabieta. Principito, por ejemplo, el otro día se empeñó en llevar el peluche de “El morico”al cole para enseñárselo a los compañeros. Vale, le avisé como unas cien veces de que podría enseñarlo en la fila, pero que dentro del cole no podría meterlo, así que me lo devolvería al sonar la campana. Pues funcionó…

Es decir, si crees que una situación va a poder generar un desborde emocional, avísale con antelación de qué se va a encontrar o cómo va a tener que comportarse. A los niños, el saber qué va a pasar, les da seguridad. Este es, uno de los motivos, por los que se trabaja tanto en Educación Infantil desde las rutinas.

En relación a la anticipación/previsión, creo que es muy importante el cansancio. Si está cansado, su estado de ánimo va a ser más vulnerable y, en consecuencia, más fácil que se produzca un desborde emocional.

En nuestro caso, Principito va de 9 a 14h al cole, sale muy cansado y con hambre. Efectivamente, tanto el cansancio como el hambre pueden ser dos detonantes de una rabieta. Él si no se echa la siesta, ya tenemos la tarde cruzada. (Esto no quiere decir que todos los niños tengan que echársela…el sueño es otro tema que trataré en otro post.)

Por otra parte, si trabajamos con nuestros hijos desde edades tempranas las emociones, nos será más fácil que puedan explicarnos qué les pasa y, de esta manera, ayudarles antes de que “exploten”. Sobre las emociones, hablamos ya en el post “El monstruo de colores.Trabajando las emociones“.

2. Mantén la calma.

Sé que es difícil, a mi por lo menos. me cuesta. Sin embargo, nosotros somos el adulto. Lo ideal sería transmitir tranquilidad sin aparentar pasotismo, aunque por dentro estés echando humo.

Insisto, no sirve de nada chillarles o amenazarles, mucho menos pegarles. Ésto solo puede hacer que empeore la situación.

El adulto, y más aún el padre/madre, es el ejemplo del niño. Si le enseñas que así se resuelve la situación, no esperes que tu hij@ no chille o pegue más adelante…

3. Acompaña a tu hij@/ Acepta la situación.

Es decir, permanece a su lado. Siempre que sea posible, ponte a su altura e intenta mantener contacto visual con él (si se deja puedes incluso abrazarle). Que sepa que estás ahí con él.

Éste es un error que cometí yo el otro día en el parque.

La semana pasada, después del cole, estuvimos 45 minutos de desborde emocional en el parque. No había manera de que quisiera irse a casa a comer. Solo me chillaba y pataleaba diciendo que quería quedarse en el parque. Creí que me daba algo, la verdad. Lo positivo, es que la tormenta siempre acaba pasando.

Os cuento nuestra experiencia. Qué hice y porqué no me funcionó.

Estaba yo sola con la bebé, que se acababa de dormir en el carro, y el mayor gritando y pataleando en el parque.

Se hacía muy tarde para la hora de comer y no quería retrasarme tanto porque la pequeña es como un reloj y se despertaría llorando.

  1. Probé a “hacer cómo que me iba” para que me siguiera y se le pasará; pero, no era un simple enfado, así que no solo no funcionó, si no que, probablemente, hizo que se enfadará más.
  2. Probé a distanciarme (no mucho, porque estaba en la calle) pero sin dejar de verlo y que él me viera que estaba allí para que no se asustara. Nada
  3. Volví a su lado e intenté razonar de nuevo con él. Por la tarde iríamos al parque, ahora no podía ser porque había que comer. Imposible negociar y mucho menos razonar (hasta los 7 años los niños no comienzan a razonar...)
  4. Probé a cogerlo en brazos para que se calmará. Seguía pataleando. (Tampoco era plan de llevármelo en brazos, porque era incompatible con empujar el carrito.)
  5. Al final, me quedé esperando a su lado hasta que se le pasó.

En conclusión, la paciencia y el estar ahí a su lado, fue lo que salvó la situación.

Podemos probar a negociar, distraérles, darles alternativas…pero, cuando la rabieta es bastante fuerte, creo que solo nos queda la paciencia.

4. Haz que se sienta comprendido.

Lo más complicado de estas situaciones es que ni él mismo sabe qué le pasa o qué hacer para solucionarlo. Y encima, siente que no le hacen caso o que no le damos importancia a cómo se siente.

Empatiza. Haz que se sienta comprendido. Puedes utilizar frases como: “Veo que estás muy enfadado”, “Entiendo que estás muy cansado/hambriento” “Comprendo que quieres…”

Esto no quiere decir que debamos ceder. Hemos establecido límites claros, coherentes y estables (normas) y no podemos saltárnoslos, por muy fuerte que sea la rabieta… Tenemos que ser firmes. Una rabieta es en sí una situación de aprendizaje, no hay que olvidarlo…

5. Dialoga

Una vez que el mar ha vuelto a la calma, hay que hablar de lo que ha pasado. Habla con tu hij@. Intentad poner nombre a las emociones , dad alternativas de cómo se podría haber solucionado y cómo afrontar la rabia.

Espero que os haya servido el post. Nosotros seguiremos afrontando los desbordes emocionales de la mejor manera posible. Para acabar, os dejos dos recomendaciones:

Publicado por Mamaatodogas

Mamá de dos hijos pequeños, uno de ellos con discapacidad. Maestra y psicopedagoga. Soy autora de este blog personal sobre maternidad con la intención de poder ayudar a otras mamis, con mis experiencias buenas, y no tan buenas. Corriendo por la vida, pero disfrutando de cada momento. En busca de la felicidad.

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